La herida que se abrió.

Por Norma Sontoya.

Desde mi lugar de residencia, mientras preparaba los alimentos para la comida, empecé a sentir un pequeño mareo que paulatinamente se fue incrementando, hasta hacerme dudar y voltear a ver uno de los candiles de mi casa… ¡Estaba temblando! Un sismo de 7.1 grados Richter que generó en mi el cambio por completo de prioridades en ese momento. Necesitarba encontrar a mi hijo, intentar comunicarme con los que se encontraban en otra ciudad en ese momento (lo cual fue imposible), salir del domicilio para salvaguardarnos al ver que no disminuía su intensidad… dicen que duró al rededor de unos 3 minutos ¡pero a mi se mi hicieron como 10!

Entre los rostros de incredulidad, sorpresa y angustia, esperamos impacientes su terminación; una vez pasado el susto, vinieron los comentarios, el seguimiento de las reacciones en las redes, las imágenes de información de los canales televisivos, intentar localizar familiares residentes de los lugares más dañados. En fin, una angustia post-temblor que no se detuvo hasta haber confirmado el buen estado de los familiares y amigos ya pasadas las 7pm.

¿Qué queda? Una sensación de zozobra,  de miedo a lo desconocido, angustia palpitante por lo que la Tierra nos pueda dar en los siguientes minutos, horas, días; un momento en donde la comida, la casa, los tiempos paran a ser segundo plano y donde lo único importante (al menos para mí) es la angustia de las personas atrapadas entre las ruinas de los edificios colapsados, la gente desamparada que perdió su patrimonio, los heridos, su destino, la rapidez de las autoridades correspondientes ante lo acontecido y su manera para enfrentarlo.

La angustia invadía cada vez más ante las imágenes dantescas de rostros desencajados por el dolor, la impotencia y la pregunta obligada… ¿cómo ayudar desde mi lugar de origen? ¿Qué hacer para ayudar, sin estorbar? ¿Cómo hacer sentir que su dolor e impotencia, también yo lo percibía? Ver a nuestro México languidecer ante un suelo que se hizo sentir desde su centro, como protestando por tanto daño que hemos sido capaz de hacerle, sin ser realmente conscientes por la vorágine que nos invade día a día.

Empecé a sentir una gran herida al corazón que se iba abriendo poco a poco, como si fuera un bisturí manejado por el personaje del dolor, haciéndose sentir en cada milímetro de su incisión, generando de la misma forma un grito ahogado, silencioso, hundido por el coraje de sobreponerme para no incrementar la psicosis de la tragedia en el hogar. Poco a poco, las imágenes que dimensionan la magnitud de la protesta de nuestro suelo mexicano aparecen en pantalla, como una margarita que se va deshojando, generando impotencia, un llanto reprimido y ganas de salir corriendo para ayudar en lo posible; pero no queda más que sobreponernos y controlar nuestros sentimientos para crear un aire de tranquilidad y confianza a la familia.

Ya con la cabeza un poco más fría y superado el impacto, puedo analizar junto a mi familia la forma más práctica (a nuestro alcance) de ayudar sin estorbar, por lo que decidimos apoyar con difundir en lo posible los centros de acopio, las recomendaciones sugeridas por las autoridades en la materia, las necesidades demandas en los lugares del desastre, además de la compra de insumos solicitados para aportar nuestro granito de arena para los damnificados.

Y llegó la noche, tan larga como las que les siguieron, donde el amanecer se daba a desear cómplice del silencio, entre cafés y la compañía turbia del humo sereno del cigarro que nos abrazaba como dando consuelo a nuestra tristeza que transcurrió mermada por el sueño, hasta que este nos tomó entre sus brazos, generando una tregua muda a nuestro dolor.

Así fueron transcurriendo los días entre tweets, difusión de información hasta llegar a formar parte de nuestro día a día, los sucesos referentes al sismo. En mis entrañas creció un resentimiento para los representantes del pueblo, que indolentes ante una demanda social de encausar fondos de campañas a beneficio de todo el daño, defienden como perros (sin ánimos de ofender a estos fieles amigos) un presupuesto que al final ira a la basura.

Ante esta situación, la percepción al paso de los días se transforma del dolor a un coraje lleno de impotencia, donde de entre las ruinas brota la actitud determinante del pueblo mexicano, brindando un ejemplo de solidaridad, hermandad, amor por el prójimo que no tiene edad, color, posición social o preferencia, mostrándome una luz llena de esperanza y fe en nosotros los mexicanos, en nuestros jóvenes, adultos y personas de la tercera edad. Todo esto, abre una ventana ante mis ojos mostrándome lo mejor del ser humano, el amor este país, por su bandera y regalando a mis sentidos aquello que creía perdido ante tantos años de ver sangrar y sufrir agonizante a mi querido México, resurgir de entre los escombros como el ave herida que ha tomado fuerza de los mejor de su gente, su coraje por la vida, su solidaridad, su empatía, el amor por su país, que no dejará que un temblor lo desaparezca. He vuelto a creer en el concepto del mexicano, a tener esperanza en la juventud y en mi país, quedándome claro, que no habrá nada que lo destruya mientras nosotros, su gente, estemos comprometidos con él. De nosotros depende que México siga siendo el país que todos queremos que sea.

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